Columna de Opinión

IZQUIERDA CONTRA LA IZQUIERDA . LA ÉTICA SOCIALISTA por Gonzalo Rojas

IZQUIERDA CONTRA LA IZQUIERDA . LA ÉTICA SOCIALISTA por Gonzalo Rojas

Las opiniones vertidas en esta columna de opinión, son de responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente el pensamiento de UNOFAR

¿Quiénes son y qué buscan? Los anarquistas, quienes no aspiran más que a darse el gustito del caos total. Los hay muy serios -o sea, teóricamente más peligrosos, pero prácticamente más inofensivos- y otros más frívolos -es decir, los de bombas y más bombas-.

 4/3/2015

 

Yo no puedo dudar de la buena intención del presidente del PS, Osvaldo Andrade. Tantas horas compartidas en las mismas salas de clases en Derecho de la PUC me vinculan a él de modo personal.

Pero ha sido el mismo Osvaldo quien ha puesto en discusión un tema que me exige superar esos vínculos del pasado: es Andrade quien ha insistido en la importancia de la ética socialista.

Como lo ha hecho a raíz del caso Dávalos, se podría pensar que el negocio inmobiliario del hijo de la Presidenta es -en cuanto desafío ético- toda una novedad para los socialistas, quienes hasta ahora habrían exhibido una trayectoria inmaculada: habrían sido un partido de individuos siempre puros, auténticas vestales chilensis. ¿Esa es la realidad de los socialistas chilenos?

De ninguna manera.

Si se escruta el comportamiento de los más destacados socialistas desde mediados de los 60 a la fecha -o sea, de aquellos que en su mayoría aún viven y están en condiciones de defenderse-, se aprecia que una y otra vez se han manifestado y comportado con total desprecio de la ética natural.

Fueron socialistas los que en 1965 y en 1967, en sus congresos de Linares y Chillán, optaron por la vía armada para llegar al poder en Chile; fueron socialistas los que condujeron un gobierno que procuró la conquista del poder total entre 1970 y 1973. Uno de ellos, Allende, lo buscó desde el Ejecutivo; otro, Altamirano, lo intentó desde la estructura partidista y paramilitar; fueron socialistas los que se aliaron con comunistas y miristas para buscar a través de la vía violenta el derrocamiento del gobierno del Presidente Pinochet; fue socialista el Presidente que no ha podido esclarecer el caso Aulas tecnológicas y validar el caso Sobresueldos; fue socialista la Presidenta que aún no logra aclarar ni sus vínculos con un movimiento terrorista ni el modo en que obtuvo su cualificación profesional; son socialistas cientos, miles de personas que reciben beneficios pecuniarios importantes, después de haber colocado a Chile en 1973 al borde del colapso económico y de la guerra civil; son socialistas cientos, miles de funcionarios públicos que se llenan sus bolsillos a cargo de programas que ingresan cien y reparten treinta y dos.

Eran socialistas Dávalos y Compagnon, quienes prefirieron abandonar la colectividad a dejar el dinero. Si el Tribunal Supremo del PS los iba a investigar a fondo o no, es un misterio, pero está claro que ellos privilegiaron la independencia por sobre la ética socialista; es socialista, obviamente, quien hoy preside el PS y sostiene que los procesos judiciales sobre dinero y política deben seguir adelante, “caiga quien caiga“, pero que no aplica ese criterio en los conflictos político-terroristas previos a 1990, porque estima que en esas causas solo deben caer los militares; son socialistas algunos parlamentarios que apoyan la despenalización de la droga, del aborto, de la eutanasia, consecuencias obvias de una ética que se resume en “qué nos importan los más débiles, si no votan“.

Andrade ha insistido en que estamos en un marasmo -lo que significa algo así como una cierta inamovilidad en lo moral-, pero esa palabra no resulta adecuada en esta situación. No estamos en un caso de inamovilidad moral, sino, por el contrario, de alta exigencia ética, y es en esta instancia donde la moral socialista no sirve, no se valida por sus datos.

Por cierto, todos los seres humanos fallamos. Pero lo importante es con qué vara se miden esos errores. La medida del socialismo es ambigua, variable, acomodaticia.

Por eso las personas comienzan a manifestar abiertamente su rechazo a las más connotadas figuras del socialismo mediante un simple “no le creo a esa ética“.

IZQUIERDA CONTRA IZQUIERDA

Allende llevaba apenas un mes en el poder cuando miristas y comunistas se enfrentaron en Concepción. El primero de los muchos muertos que arrojó el período de la UP -olvidados hoy deliberadamente por la campaña de engaño histórico- fue producto de una balacera entre esos connotados grupos de las izquierdas, unos guevaristas, los otros leninistas.

Desde finales del siglo XIX hasta hoy, los izquierdistas de las más variadas facciones se han aplicado mutuamente los mismos criterios con que juzgan a la sociedad toda: se enfrentan entre sí bajo la premisa de la lucha de clases, calificándose unos a otros como burgueses merecedores de una radical eliminación. Ha habido momentos en que a las derechas casi les habría bastado observar cómo los izquierdistas se aniquilaban entre sí.

Anarquistas, stalinianos, trotskistas, socialistas democráticos, socialpopulistas, leninistas, gramscianos, todos han tenido que cuidar primeramente sus propias espaldas, porque sabían que las peores agresiones iban a venir siempre de sus supuestos hermanos de clase; en realidad, de sus enemigos estratégicos.

En Chile, asistimos hoy a otra de las tantas ocasiones en que las izquierdas marginales atacan a la izquierda oficial.

Atentos frente a la posibilidad cierta de un rotundo fracaso de la alianza socialista-comunista en el gobierno Bachelet, el apetito de las izquierdas secundarias se ha abierto: intuyen que hay suficiente degradación ideológica y humana en los partidos marxistas tradicionales como para que opciones menores como las suyas puedan capitalizar -perdón por la maldad verbal- el material combustible que son esas furias y esos odios, esos rencores y esas rabias, que los marxistas tradicionales han cultivado en tantos chilenos, los mismos que hoy están desencantados de esa izquierda histórica. Oportunidad de oro para los marginales, entonces.

¿Quiénes son y qué buscan?

Los anarquistas, quienes no aspiran más que a darse el gustito del caos total. Los hay muy serios -o sea, teóricamente más peligrosos, pero prácticamente más inofensivos- y otros más frívolos -es decir, los de bombas y más bombas-.

Los autónomos de Boric, que desde su matriz gramsciana podrán ir construyendo proyectos de hegemonías parciales en la búsqueda del cambio de paradigma total.

Los progresistas, tan vinculados a un liderazgo concreto, que si Enríquez-Ominami no logra superar la valla de la probidad, tendrán que rearticularse en otros proyectos, seguramente más radicales.

Los revolucionarios demócratas de Jackson, falange tan vital en su capacidad electoral como inorgánica en sus postulados teóricos.

Las agresivas minorías que portan banderas indigenistas, sexuales, animalistas o ecológicas, a las que se les abren enormes posibilidades entre esas masas de chilenos que buscan definir el todo desde una parte de su ser.

Todos los anteriores encontrarán en la nueva legislación sobre partidos políticos una ocasión de consolidar sus influencias, si así lo desean. Y cada nuevo partido, y cada nuevo elector de esos nuevos partidos, significará un voto menos para las izquierdas tradicionales, que ya lo intuyen y por eso ponen trabas a una dispersión asociativa que las afectaría gravemente.

En todo caso, puede ser que varios de los grupos de izquierdas marginales decidan no entrar en el juego electoral. Su apuesta bien podría centrarse en el control de ciertos cuerpos intermedios, de más ámbitos de la cultura, de nuevos movimientos locales y de calle, de medios de comunicación pequeños y virulentos, de una eventual asamblea constituyente.

También esa posibilidad le causaría mucho daño a la izquierda tradicional.