RIESGOS Y BENEFICIOS DE UNA POLÍTICA PÚBLICA
Humberto Julio Reyes
Pareciera que ya hemos “normalizado” la ocurrencia de encerronas, encontronazos y turbazos, pero el reciente despiadado homicidio de un inocente menor de 12 años parece haber marcado, quizás, un punto de inflexión, trayendo al tapete, nuevamente, la eventual colaboración de las fuerzas armadas a las policías en el combate al crimen organizado y otras formas de violencia que parecen sobrepasarlas.
Hemos conocido diversas opiniones, desde las habituales de los políticos, apoyando u oponiéndose a una política pública que permita “sacar a los militares a la calle”, las de personas que evidencian conocimiento de las complejidades que ello envuelve y también, por boca de autoridades de gobierno que ello no se ha resuelto atendiendo a diversas razones que no lo harían necesario, al menos por el momento.
De los primeros, que lo pidan algunos socialistas es, al menos, sorprendente. Que se opongan los comunistas no es novedad alguna. Que en redes sociales muchos recuerden lo que ha ocurrido con los militares que han sido llamados a defendernos, para terminar condenados por la justicia civil, es un indicativo que la lección parece haber sido aprendida, al menos por el sector que habitualmente ha terminado perjudicado.
Más allá que es discutible “desplegar” personal adiestrado para el combate “en defensa de la Patria”, en funciones para las cuales pudiera no se estar motivado, también lo es si ello será eficaz y eficiente en término de empleo de recursos.
Si bastara con que el potencial delincuente o trasgresor se disuada sólo al ver a un militar armado, eso parecería un uso bastante eficiente, pero ello, dada la violencia y preparación con que hoy en día actúan quienes no respetan la ley y el orden, parece bastante improbable, amén de requerir un número de efectivos que quizás sobrepase las reales capacidades de las instituciones que se verían comprometidas en este esfuerzo adicional.
Entonces, para dar eficacia a ese despliegue habría que usar las armas, tal como se hizo en 1957 y no se hizo, salvo en contadas ocasiones y en forma muy restringida, en el llamado “estallido”.
¿Riesgos?
Por supuesto, el más evidente la vida de aquel que no sea disuadido por presencia. Y también y quizás más importante, “el daño colateral” en un ambiente urbano donde a veces sea difícil distinguir entre manifestante, que “sólo” arroja todo lo que tiene a mano, incluyendo bombas molotov, de la primera línea o los saqueadores o destructores de la propiedad pública y privada, o el simple curioso que irresponsablemente se detuvo a contemplar lo que ocurría.
Y aunque a muchos pareciera no importarles, el riesgo del militar a ser procesado y condenado por un tribunal no especializado, por violencia innecesaria.
Ilustro lo que he expuesto con unos ejemplos para mí inolvidables.
Siendo yo alumno de liceo, en la década de los años 50, eran frecuentes las huelgas que obligaban a proteger la locomoción colectiva recurriendo a personal militar armado: un centinela en cada microbús y dos por trolleybus.
Una turba se abalanza sobre uno de los segundos y un conscripto (omitiré su unidad) dispara al aire para intentar disuadirlos, hiriendo fatalmente a su compañero.
En mi liceo, ubicado cerca de la hoy llamada zona cero, una profesora comunista (omitiré su nombre) nos alienta para salir a protestar. Como ello implica “capear clases”, todos nos mostramos dispuestos y entusiastas, pero, una vez en la calle, pregunto ¿qué haremos?
Un compañero me dice “tirarle piedras a los pacos”. Yo le digo “no, gracias”. Una cosa es capear clases y otra arriesgarse a una respuesta ya que, entonces, todavía se les tenía algo de respeto.
Muchos años después se produce el estallido que uno puede contemplar con impotencia en vivo y en directo por televisión.
Veo así al diputado Boric cuando llega a increpar a los militares desplegados en plaza Baquedano, protegido por su fuero y la prudencia que demuestran los increpados para no responderle como merecía.
Pero después contemplo cómo un grupo de “manifestantes”, que demuestran la intención decidida de ingresar a un edificio que alberga oficinas del Ejército, en plena Alameda y cerca de venida Portugal, se enfrenta a un grupo de militares armados, enviados al parecer apresuradamente a proteger la instalación en peligro de ser asaltada.
Veo al más agresivo intentando golpear al suboficial que los comanda, el que, con un solo brazo, ya que sostiene su arma con el otro, intenta parar los golpes.
¡Qué vergüenza!
Al menos el militar la sacó barata ya que si hubiera usado su arma, aunque fuera para dar un golpe a su agresor, habría tenido que responder por “violencia innecesaria”.
La discusión sobre las RUF podrá prolongarse ad aeternum sin que se pueda cuadrar el círculo y permitir que militares y policías cuenten con respaldo efectivo para su acción y, por otra parte, no se produzcan excesos por ella.
Hay un riesgo, pero no debiera recaer en quien es mandatado sino en quien comete la imprudencia de desafiar el orden establecido.
Y, como si fuera poco, el beneficio es, al menos, dudoso.
Todo lo expuesto me ha llevado a recordar una frase atribuida al Mariscal Ferdinand Foch, quien fuera el comandante supremo aliado en el frente occidental durante un período de la Primera guerra mundial: ¿de qué se trata?
Creo que el problema a enfrentar, siendo de la mayor importancia, no está claramente definido, al menos en forma razonablemente consensuada y, al ser así, no es posible proponer buenas soluciones que incluyan o no la colaboración de los militares.
3 de julio de 2026