(De Singapur a La Moneda: Lecciones para la Transformación de Chile)
Por
P. Yuventus Kota
Hoy se cumple el primer mes del presidente José Antonio Kast liderando Chile. Su gestión se levanta sobre tres pilares inquebrantables: Dios, Patria y Familia. Como católico devoto y miembro del Movimiento de Schoenstatt, ha sido claro: su fe guía su servicio. Para él, la familia es el núcleo sagrado de la sociedad y el orden es la garantía de nuestra libertad.
Esta nueva etapa me recuerda una experiencia reveladora. En 2017, en Kuala Lumpur, capital de Malasia, conocí a Lim Wong, un experto en educación. En julio de 2023, Wong me invitó a su hogar en Singapur. Durante dos días me mostró una ciudad-Estado que parece una postal del futuro: limpia, segura y profundamente disciplinada.
En nuestra última cena, rodeados de aromas asiáticos, Wong me dijo con orgullo: “Sin recursos naturales, somos la joya del Sudeste Asiático”. Yo, impresionado por la pulcritud y la arquitectura, admití que el rigor de sus normas me sorprendía. Wong sonrió y respondió: “Yuve, ese rigor es lo que nos permite ser uno de los países más seguros y tranquilos del mundo”.
Entre risas, aprovechó para explicarme los cimientos de su nación:
Vivienda e integración: el cimiento de la paz Cerca del 80% de la población vive en departamentos construidos por el Estado. “No es solo dar un techo”, me aclaró. Existe una cuota étnica obligatoria en cada edificio para que chinos, malayos e indios convivan. Al vivir juntos, el conflicto disminuye. La paz social nace, muchas veces, en el ascensor del hogar.
Higiene y salud: prevención sobre curación Le pregunté por la pulcritud extrema de sus calles. “La higiene es salud”, sentenció Wong. El sistema sanitario es uno de los más eficientes del mundo y se basa en una responsabilidad compartida: el Estado subsidia, pero el ciudadano ahorra obligatoriamente en su cuenta médica. Al mantener la ciudad limpia se evitan enfermedades, y al fomentar el autocuidado se previene el colapso del sistema.
Economía y disciplina: el motor del desarrollo Wong explicó que, al no tener oro ni petróleo, apostaron por la disciplina y el Estado de derecho. “Nuestra economía es abierta y transparente. El mundo confía en Singapur porque aquí la ley se cumple. No hay corrupción”. Esa misma disciplina que se observa en las calles es la que atrae a las mayores empresas del planeta.
Tras escucharlo con atención, Wong me miró con una sonrisa y preguntó: “¿Y qué tal Chile?”.
Chile es un paraíso natural y astronómico, le respondí. Desde el desierto de Atacama hasta la Patagonia, nuestra geografía es única, y contamos con uno de los mayores índices de desarrollo humano de América Latina. Le hablé de nuestra economía, basada en recursos como el cobre y el litio, y de nuestra histórica apertura comercial.
Sin embargo, fui honesto: “Enfrentamos desafíos críticos. Aunque poseemos una red de salud que respondió de forma notable durante la pandemia, la brecha de acceso sigue siendo una deuda social. Hoy, además, la seguridad se ha transformado en una preocupación central debido al avance del crimen organizado, lo que ha alterado nuestra tranquilidad histórica”.
Wong preguntó entonces por la raíz de estos problemas, especialmente en la juventud. “Es un tema de disciplina y educación”, respondí. En Chile, la disciplina se ha debilitado en el núcleo familiar y escolar. Valoramos la libertad, pero a veces olvidamos que, sin respeto por la norma, el progreso económico no se traduce en bienestar social.
En las últimas décadas y con mayor fuerza tras la pandemia han aumentado la violencia escolar y el desprecio por la autoridad. Aun así, confío en que el país, con el apoyo de sus instituciones, puede recuperar ese orden que evoca nuestro himno: “Y ese mar que tranquilo te baña es la copia feliz del Edén”.
Mientras disfrutábamos el postre bubur pulut hitam, Wong interrumpió: “¿Qué dice tu Iglesia ante esta debilidad en la disciplina familiar?”.
Con firmeza le respondí: “Para los cristianos, la familia es santuario de fe y escuela de vida. No es solo la célula básica de la sociedad; es el primer anuncio del Evangelio. Como señala el Papa Francisco en Amoris Laetitia, la familia es el corazón del plan de Dios para el progreso y la felicidad humana”.
Ante la falta de disciplina, nuestra postura es clara:
Disciplina es amor, no ira: la autoridad de los padres no es desahogo, es formación. Límites que protegen: educar no es controlar, sino formar la libertad para elegir el bien. Presencia e integridad: se educa con el ejemplo, la coherencia y la humildad de reconocer errores.
“Yuve, llegó la hora”, dijo Wong levantándose. “Es momento de llevarte al aeropuerto”. Nos despedimos con la promesa de que algún día contaría su historia en Chile.
Me fui convencido de que, para ser un verdadero paraíso, no basta con glaciares y telescopios. También se necesita disciplina, respeto y sentido de comunidad. El camino al desarrollo pasa, inevitablemente, por la formación de ciudadanos responsables.
Hace unos días, Wong me escribió para felicitar al nuevo presidente. En su primer discurso desde el balcón de La Moneda, el 11 de marzo de 2026, el mandatario fue claro: “El que no cumpla, se va”. Un mensaje directo que refleja la urgencia de restaurar el orden frente al caos.
Le respondí: “Chile inicia una nueva etapa. Una etapa en la que se busca devolver el protagonismo a la familia y garantizar el derecho preferente de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones, bajo el amparo de Dios”.
Hoy, Chile comienza una transformación que exige compromiso:
Orden y disciplina: fortalecimiento de la autoridad y combate decidido a la delincuencia. Dios y patria: integridad en la vida pública y reconocimiento de los valores que fundan nuestra nación. La familia primero: un Estado al servicio del núcleo fundamental de la sociedad.
No hay espacio para la indiferencia. Es momento de asumir responsabilidad y compromiso con este proyecto de país.
Miremos el ejemplo de las naciones que han sabido construir orden y progreso. La esperanza no se espera: se cultiva con acciones concretas.
Como escribió Pablo Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Como enseñó Gabriela Mistral: “El niño no puede esperar: su nombre es hoy”. Como cantó Violeta Parra: “Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber”.
Que ese sentimiento de hermandad guíe nuestras decisiones.
Que tu vida sea un poema de libertad, tu hogar una escuela de dignidad y tu patria una expresión de unidad.
Hoy, la esperanza deja de ser un anhelo y comienza a construirse como una realidad concreta.
Un aporte de nuestro director secretario Luis Cabezón
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