EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XXI
Alejandro San Francisco, Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián) – El Líbero, Columnas, 28/12/2025
Esta es la última columna que escribo para El Líbero este 2025. Además, estamos a pocos días de terminar el primer cuarto del siglo XXI. Buen momento para revisar brevemente el significado político de estos 25 años.
Hace un siglo, cuando terminó 1925, Chile podía mirar para atrás y apreciar un cambio histórico inmenso: los golpes militares de 1924 y 1925 habían terminado con el régimen parlamentario en el país, así como terminó de regir la casi centenaria Constitución de 1833.
| El inicio del segundo cuarto del siglo XXI coincidirá con el comienzo del gobierno de José Antonio Kast. Con todo, las primeras señales posteriores a la elección del 14 de diciembre indican un cambio de ritmo y de orientación. |
En la práctica, el primer cuarto de siglo había significado el fin del régimen vigente y una nueva Carta Fundamental, que incluyó la separación de la Iglesia y el Estado y la incorporación de nuevas tendencias económicas y sociales.
Estas, en buena medida, reflejaban las transformaciones doctrinales que había experimentado el país, con el paso progresivo desde la libertad política hacia el concepto económico de gobierno, como estudió en su momento Mario Góngora.
En términos generales, se puede decir que Chile ha vivido un proceso análogo en los últimos años, con al menos dos reservas. La primera es que no se produjo el cambio constitucional, y en dos ocasiones fueron derrotados los procesos constituyentes, tanto de la Convención como del Consejo, en 2022 y 2023 respectivamente.
Lo segundo es que estamos en un proceso en curso, pues todavía no termina la anormalidad nacida con la crisis de octubre de 2019, que derivó en una gran radicalización ideológica, mucha creatividad institucional, riesgos de quiebre político y una etapa relativamente larga de reorganización que todavía no llega a su fin, aunque parece haber dejado atrás los ímpetus revolucionarios.
La historia de este primer cuarto del siglo XXI deberá observarse con atención. Hay algunas noticias y nuevas tendencias, existen factores que se explican por la transición y la democracia de los años 90 y otros que anuncian su crisis e incluso la posibilidad de nacimiento de una nueva era.
Los primeros diez años, claramente, fueron la segunda fase de la Concertación, o la década socialista, en la fórmula de Ascanio Cavallo y Rocío Montes.
Los gobiernos de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet representaron la consolidación de la democracia, la persistencia de la exitosa coalición surgida al alero de la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, que integraban también otras fuerzas políticas.
Pese a algunos altibajos, continuó el ritmo del crecimiento económico –que se había manifestado con fuerza desde 1984– y el progreso social. En términos políticos, las coaliciones eran prácticamente las mismas: una centroizquierda sólida y mayoritaria, una centroderecha también fuerte, incluso creciente, pero que todavía no lograba llegar a La Moneda.
El Partido Comunista seguía siendo “la izquierda extraparlamentaria” y no surgían todavía nuevas fuerzas dispuestas a desafiar a las corrientes dominantes.
Si se observa la realidad social, e incluso ciertos aspectos políticos e ideológicos, el país estaba cambiando. En los años 90, en las universidades habían comenzado a triunfar tanto el Partido Comunista como nuevas organizaciones estudiantiles de izquierda; también se había producido un cambio importante en otras instituciones, como la CUT o el Colegio de Profesores, donde había decaído la influencia de la Concertación en favor de otros grupos como el propio Partido Comunista.
A ello se puede sumar la llamada revolución de los pingüinos de 2006, hasta entonces la mayor expresión de movilización social y rebeldía juvenil antisistema, que en los años siguientes se volverían habituales.
En efecto, eso ocurrió con dos cambios importantes, que coincidieron con el cambio de década. En primer lugar, por el triunfo de Sebastián Piñera, elegido Presidente de la República para el período 2010-2014, con lo cual la centroderecha llegaba a La Moneda y la Concertación obtenía su primera derrota presidencial tras cuatro éxitos sucesivos desde 1989.
En segundo lugar, irrumpió con una fuerza inusitada “la calle”, a través del movimiento universitario del 2011.
Desde entonces en adelante, por diversas razones, la política chilena cambió, en buena medida pasó desde los salones parlamentarios y partidistas a las organizaciones sociales, e incluso se produjo un importante cambio generacional, que tuvo su expresión más clara con la llegada de Gabriel Boric a La Moneda en 2022.
A ello se sumó que irrumpieron, en la práctica, nuevos liderazgos políticos y luego también partidos y coaliciones que representaban un cambio respecto de la transición y el comienzo de la democracia.
En los últimos 15 años han existido varios cambios en materia política. El primero se ha expresado en la alternancia en el poder, en la incapacidad que han tenido los gobiernos –desde la primera administración de Michelle Bachelet en adelante– para reelegir a alguien de sus filas.
De esta manera, se produjo el carrusel Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera, a quienes siguieron finalmente Gabriel Boric y ahora José Antonio Kast. Las explicaciones pueden ser muchas, pero en la realidad hay una sola clave: Chile lleva 20 años sin continuidad gubernativa.
Eso muestra dos cosas: la alternancia en el poder, que es propia de la democracia y puede ser vista como algo positivo, pero también la decepción de la ciudadanía, que a poco andar decide cambiar de línea, apoyando a alguna de las alternativas opositoras existentes.
El segundo cambio ha sido la renovación que se ha producido en las fuerzas políticas. En los últimos años surgió en la izquierda el Frente Amplio –al comienzo eran diversas agrupaciones– y otros partidos en la derecha, como el Republicano y Evópoli, y finalmente el Nacional Libertario.
También cambiaron las alianzas, como se expresó con el nacimiento de la Nueva Mayoría, que llevó a Michelle Bachelet a La Moneda en la segunda oportunidad; Chile Vamos, nueva denominación de la derecha tradicional; hubo alianzas del Partido Comunista con los socialistas y después con el Frente Amplio.
En otro plano, quedó en evidencia la decadencia de algunos partidos, como el Radical y el Demócrata Cristiano, que en su momento fueron los más importantes del país. Sin embargo, la clave fue otra: en la práctica, la centroderecha y la centroizquierda fueron superadas por las nuevas agrupaciones; por el Partido Republicano en el primer caso y por el Frente Amplio y el Partido Comunista en el segundo.
No podemos dejar de mencionar en este breve balance el significado de la revolución de octubre de 2019. En su momento, los sucesos de las jornadas de movilización y crisis anunciaron el término de una época y el comienzo de otra.
Ahí terminó el Chile de la transición y de la democracia post Pinochet, con sus coaliciones, códigos, liderazgos y formas de actuar. A ello se sumó una profunda crisis de confianza en las instituciones –Congreso Nacional, partidos, Estado, Iglesia Católica, e incluso Carabineros y el Ejército– lo que acentuó la sensación de lejanía y desafección política en amplios sectores de la ciudadanía.
Por el contrario, la nueva época no nació, en buena medida por el fracaso del proceso constituyente y la pérdida de popularidad y de resultados del gobierno de Gabriel Boric, que no fue transformador, no ha tenido continuidad ni logró ser “la tumba del neoliberalismo”, como prometió en medio de la fiebre revolucionaria.
Quizá por eso estos 6 años han permitido deambular desde la izquierdización y los ímpetus revolucionarios hasta la contrarrevolución, el crecimiento de la derecha y los deseos de orden. En otras palabras, Chile cambió, pero a esta altura no queda claro cómo ni hacia dónde, y mucho menos cómo va a terminar esta historia.
El inicio del segundo cuarto del siglo XXI coincidirá con el comienzo del gobierno de José Antonio Kast. Fue un triunfo legítimo, con la votación más alta de la historia de Chile –más de 7 millones de votos–, aunque todavía es imposible saber si dará comienzo a una nueva etapa o si logrará cerrar el proceso iniciado por la revolución de octubre de 2019.
Con todo, las primeras señales posteriores a la elección del 14 de diciembre indican un cambio de ritmo y de orientación. El resultado final deberá esperar, y la definición de un período diferente dependerá en buena medida del éxito del gobierno y de su continuidad en La Moneda tras los 4 años de Kast.
La tarea no es fácil, considerando que es una realidad que ha sido esquiva en las últimas dos décadas para los diferentes sectores políticos y gobernantes.
Un aporte del Director de la Revista UNOFAR, Antonio Varas Clavel