Señor Director:

Desde tiempos remotos, los jueces han sido idealizados como pilares inquebrantables de justicia, encarnando la imparcialidad divina de Temis. Hoy, sin embargo, emergen a nuestra realidad como seres humanos falibles, con debilidades que arriesgan equipararlos a aquellos a quienes juzgan y condenan.

¿Cómo es posible que, iniciando el segundo cuarto del siglo XXI, aún sigamos dejando a un sector de los chilenos en manos de jueces que, valiéndose del arcaico sistema procesal antiguo, lleven a cabo la investigación, acusen y condenen en forma completamente unipersonal, autónoma y sin control superior? Se podrá argumentar que para eso existen las instancias superiores, pero cuando una ministra integrante de la Sala Penal, revisora final de las actuaciones unipersonales de los jueces de DD.HH., realiza denuncias falsas para burlar una investigación por graves delitos, es perfectamente posible imaginar a este tipo de jueces recibiendo presiones políticas, económicas, laborales o de cualquier tipo, para fallar en uno u otro sentido.

Este panorama, desnuda una gravísima discriminación contra quienes son juzgados por el sistema antiguo. Si el nuevo sistema procesal penal permite vicios como los que comienzan a ser de público conocimiento, ¿qué queda entonces para aquel en que nadie controla y todo lo decide una sola persona? Es imperativo poner término a esta desigualdad, garantizando un proceso justo y transparente para todos los chilenos, sin excepciones.

Rodrigo Cooper Cortés

Humana fragilidad de los jueces

 Un aporte de nuestro Pas Presidente René Norambuena Veliz