GDB Humberto Julio Reyes – 13/09/2026
Desde un tiempo a esta parte hemos conocido diversas declaraciones desde allende los Andes y de parte de autoridades nacionales relativas al estrecho de Magallanes y otras áreas geográficas ubicadas más al sur y hacia el Atlántico.
Probablemente habrá otras más adelante, todas relacionadas con nuestra soberanía a las que se han agregado también las vinculadas a la reclamación argentina sobre el archipiélago de las Falkland-Malvinas y proyecciones hacia la Antártica.
Me parece conveniente, en primer lugar, no confundir territorios donde se ejerce soberanía como producto de tratados plenamente vigentes, con aquellos donde existe una disputa de larga data que incluso derivó en guerra.
Pienso que no se requiere expertise en derecho internacional para captar la diferencia, razón por la cual parto por manifestar mi extrañeza frente a recientes declaraciones de nuestro representante en Buenos Aires donde expresa que serían “equiparables” nuestra soberanía sobre todo el estrecho con los derechos que invoca Argentina para intentar ejercer actos sobre un territorio donde la soberanía la ejerce el Reino Unido, país con el que también mantenemos relaciones diplomáticas absolutamente normales.
Dígase en su defensa que no es diplomático de carrera, como tampoco lo han sido los cancilleres desde don René Rojas Galdames en los años 80, costumbre que también se da en Defensa, donde cualquier profesional puede ser ministro, salvo haya sido miembro de las Fuerzas Armadas.
Es que creo que Chile, además de pacífico, es civilista.
Dichas declaraciones van en la línea de lo que planteara un excanciller de la Concertación quien nos ha recordado que, desde 1992, Chile ha apoyado el reclamo argentino, implicando que debiera ser algo inmutable, pero el embajador parece ir más allá al asumir la causa reivindicacionista como algo propio, lo que conduciría a no apoyar o incluso entorpecer todo vínculo con las islas, aspecto que coincidiría con hacer más oneroso o insostenible el sostenimiento desde el Reino Unido.
Así, en teoría, cesarían esas declaraciones y opiniones que, de tiempo en tiempo, hacen “ruido” en nuestras relaciones bilaterales.
Ello iría en la línea de presionar a sus habitantes para que cambien su predicamento y accedan a convertirse en ciudadanos argentinos, cosa no lograda hasta ahora.
Esta sería la forma “pacífica” después del fallido intento bélico.
Inevitablemente he recordado el excelente libro de Virginia Gamba Stonehouse, “Signals of War: The Falklands Conflict of 1982”, que me ha servido para titular esta columna.
También me ha sido muy útil el recuerdo que un versado colega hiciera respecto al libro “La tempestad se avecina” de Víctor Domingo Silva, escrito en 1936 y reeditado en 1954.
Así, me permito someter al paciente lector, sin pretenderme experto en relaciones internacionales, un corto ejercicio desde la teoría de los ruidos y señales.
Ruidos habría habido muchos, desde ambos lados de la cordillera, confundiendo posiblemente a muchos al dificultar identificar la señal o lo que habría detrás del ruido generado originalmente por nuestros vecinos.
Sugiero que la señal de nuestros vecinos ha sido que si vamos más allá de nuestro tradicional apoyo en organismos internacionales, ellos nos dejarán tranquilos en el ejercicio de nuestra soberanía y esa, al parecer, habría sido “captada” por nuestro embajador.
¿Y en el hipotético caso de que a futuro las islas quedaran bajo soberanía argentina, no se generarían nuevas fuentes de discordia, o volvería a actualizarse el premonitorio vaticino de Víctor Domingo Silva, tal como se cumplió en 1978?
Esa sería la señal que se nos habría enviado: comprar tranquilidad relativa a costa de los habitantes de las islas, donde la segunda mayoría de sus habitantes es chilena.
En todo caso lo propuesto no es más que un pensamiento desde la tranquilidad de mi escritorio y espero, sinceramente, que nuestros analistas en inteligencia tengan una mejor explicación para lo que está sucediendo y puedan asesorar adecuadamente a nuestro gobierno.
Ya terminada esta columna me aprestaba a despacharla, cuando he leído a un columnista de El Mercurio que va por el mismo lado y que me lleva a concluir que no era tan difícil, esta vez, acertar y separar la paja del trigo, evitando ser sorprendidos y pasar por incautos.
Que la tempestad no se avecine.