El año que vivimos es crucial para nuestro país. El inicio del gobierno del Presidente don José Antonio Kast, que ya cumple tres meses, llena de esperanza a una amplia mayoría de compatriotas, que han visto en los últimos años como el orden y el sentido común se han ido diluyendo en la vida diaria de esta nación.
Año pivote. Así llamo a este 2026: es realmente un punto de inflexión. Si desglosamos el período político de los últimos 50 años en Chile, podemos decir que existen 3 ciclos marcados: 1973-1990 (Gobierno Militar, 17 años), 1990-2006 (Gobiernos de la Concertación, 16 años), 2006-2026 (Gobiernos de Alternancia, 20 años). Cada ciclo tiene sus fortalezas y debilidades en cuanto a la gestión del país, siendo el período del Gobierno Militar cuando se sentaron las bases del desarrollo transversal de Chile, el cual sería cosechado y mantenido durante el ciclo de los gobiernos de la Concertación. El ciclo al cual llamo “alternancia”, derivó en una lucha de poder, en la cual cada gobierno priorizaba aquellos asuntos que eran de su interés político, y no los que estuviesen declarados como “políticas de estado”, con el fin de ganar las siguientes elecciones. Quizás por ello y en dos oportunidades cada uno, tanto Bachelet como Piñera no pudieron entregar el mando a un gobierno de su mismo sector.
Si bien esta alternancia no tenía que ser negativa por sí misma, tengo la impresión de que el que haya ocurrido, favoreció en la década 2010-2020 una falta de sentido y propósito en el imaginario colectivo, con ciudadanos viviendo “en automático”, con diferentes realidades que requerían atención, pero que no la recibieron (salud, vivienda, educación, transporte, entre otras áreas). Todas ellas impactaban a la célula básica de la sociedad: la familia. Costo de la vida subiendo y necesidades familiares (techo, trabajo, colegio, alimentación, transporte) incrementándose en el tiempo, nunca han sido una buena combinación.
Esta debilidad en el devenir de Chile, se debió fundamentalmente a una clase política sin visión de futuro, lidiando con el día a día y el habitual ataque entre partidos rivales, que solo polarizaban cualquier discusión (¿es diferente hoy?). El foco de los debates políticos se diluía en ideología y perdía sustancia, en vez de enfrentar con todas las fuerzas esas urgencias que requerían pronta acción.
Nos hace falta un ideario, un sueño, una doctrina común, que permita acercar acuerdos entre todos los sectores políticos, a lo menos en aquellos puntos esenciales que aseguren un mejor devenir a todos los chilenos, y así lograr unidad y cohesión nacional para ver juntos en el horizonte el mismo destino al cual como país queremos llegar.