CARTA A TOMÁS MORO
Abogado de Londres, canciller de Inglaterra, decapitado en Tower Hill el 6 de julio de 1535
Señor Moro:
Le escribe una abogada del fin del mundo, de una tierra que en su tiempo aún no figuraba en los mapas. Traigo un encargo. Más de cuatrocientos ancianos, presos en cárceles de este país, desean confiarle su defensa. Ninguno alcanzará a estrecharle la mano: hace casi quinientos años que descansa. Ellos lo saben. Y aun así lo eligieron.
Han cumplido más de quince años tras las rejas; algunos, más de treinta y cinco. Tuvieron abogados, y buenos. No les falta defensa: les falta un defensor que no se haya rendido a la costumbre de lo injusto. Recorrieron cinco siglos de tribunales en su busca. Encontraron uno solo. Subió al cadalso el seis de julio de mil quinientos treinta y cinco.
Conoce el encierro, y no de oídas. Catorce meses habitó la Torre. Sabe cómo se enquista la humedad en las piernas de un enfermo, cómo suena un cerrojo a medianoche, cuánto pesa un invierno entero sin una carta. Al final le arrebataron hasta la tinta, y a su hija le escribió con un trozo de carbón. Estos ancianos llevan treinta inviernos de ese mismo frío. Quien no lo ha respirado no comprende el expediente.
Fue juez, además, de una estirpe ya extinguida. Al frente de la Cancillería vació la agenda de causas: una mañana reclamó la siguiente y le respondieron que no restaba ninguna pendiente. Londres lo celebró en verso. Los míos, en cambio, litigan bajo un código de mil novecientos seis, donde un solo magistrado indaga, acusa y condena, y los recursos encanecen al compás de sus propios recurrentes. Un juez que midió el precio de una sola jornada podría, por fin, enseñarle a esta justicia cuánto vale una jornada a los noventa años.
Pero la razón última pesa más que todas las anteriores. Tenía el reino rendido a sus pies y lo entregó completo en lugar de firmar una mentira. Una palabra bastaba —un juramento— para conservar la casa, el cargo, la cabeza. Prefirió callar. Escogió la celda sobre el privilegio y el hacha sobre la complicidad, porque lo comprendió mucho antes que su siglo: por encima de la fidelidad al rey existe otra más honda, la del hombre con aquello que reconoce como justo. Esa lealtad, y no la destreza, es lo que aquí se reclama.
La contraparte le resultará conocida, pues la retrató en Utopía: el poder que primero engendra el abandono y castiga después sus frutos. El nuestro refinó el arte. Recibe a un hombre bajo custodia, jura protegerlo, lo desatiende, y rubrica el desenlace como muerte natural por la edad. También a usted lo condenó un falso testimonio; dijo entonces que le dolía más aquel perjurio que su propio peligro. Habría que grabar la frase en los frontispicios de un país en que el tiempo, llamado a ablandar el juicio sobre un anciano, se blande en su contra.
Sabe igualmente lo que ocurre del lado de afuera, donde la pena se cumple de verdad. Margaret, su hija, rompió el cordón de guardias que lo devolvía a la Torre, se abrió paso a empujones y lo abrazó frente al gentío; los soldados lloraron, y así consta. Las hijas de mis defendidos no pueden romper cordón alguno: envían cartas, y las cartas se responden tarde, o nunca. Una rogó en mayo el traslado de su padre agonizante; la contestación tardó cincuenta y cinco días en señalarle otra ventanilla. Y hubo esposas que murieron aguardando el reencuentro: el permiso para despedirse llegó con la novia de toda una vida ya bajo tierra.
No le oculto el escollo: lleva cuatrocientos noventa y un años muerto, y ningún colegio matricula difuntos. El reparo es menor. En esta tierra, un código muerto, abolido por indigno, todavía dicta condenas. Si un código difunto aún condena, un abogado difunto bien puede defender. Sería apenas la segunda irregularidad del proceso; la primera, en favor de los reos.
El poderdante, se lo advierto, es impaciente. No por temperamento: por calendario. La nómina de los cuatrocientos mengua sola, mes a mes, sin que se firme un traslado ni un indulto. Cada semana de espera, alguno falta al recuento de la mañana. Y no porque haya recobrado la libertad.
Déjeme evocar su final, pues es él quien lo hace irreemplazable. Halló mal montado el patíbulo y pidió que lo ayudaran a subir: del descenso, dijo sonriendo, ya se ocuparía por su cuenta. Perdonó al verdugo aun antes de que alzara el filo, le suplicó que no temblara al cumplir su oficio y le advirtió, con una ternura difícil de sostener, que apuntara bien, que tenía el cuello corto. Apartó su propia barba sobre el tajo, pues ella no había cometido traición. Y se despidió del mundo con seis palabras que lo resumen entero: moría siendo buen siervo del rey, y de Dios antes que de él.
Ahí reside el enigma que estos ancianos le entregan. Sirvió al rey hasta el filo mismo de lo justo, y ni un paso más allá. A ellos se les exige lo contrario: permanecer leales a un Estado que dejó de serles leal. No invocan aquí su inocencia, y nadie lo lea como rendición: un procedimiento que hizo del juzgador su propio acusador jamás les concedió el modo de acreditarla. Los hay inocentes, y el sistema se ocupó de que nunca pudiera saberse. Esta carta no viene a reabrir esa herida. Piden algo más pequeño, y mucho más difícil de otorgar.
Usted tuvo, en su hora última, una mano que apretar y un nombre en los labios. Le escribió a Margaret la víspera que nunca había amado tanto su cariño como en el beso final. Tuvo despedida. Tuvo un rostro conocido inclinado sobre el suyo. Tuvo, incluso, quien recogiera su cabeza del puente y la guardara para enterrarla junto a la propia.
Estos hombres se apagan sin nada de eso. Mueren de madrugada, en un pasillo, y el último semblante que alcanzan a distinguir es el de un guardia que ignora sus nombres. A ninguno le sostienen la mano. Ante ninguno se pronuncia, en voz alta, el nombre completo con que vinieron al mundo. Entraron con nombre. Los están sacando con número.
Acepte el caso, señor Moro. Trabaje como trabajó en la Cancillería, hasta la mañana en que pida el expediente siguiente y le respondan que no queda ninguno. Que ese día signifique que todos regresaron a casa —a una cama sin candado, a un nieto sin horario de visita, a una puerta sin número— y no lo otro, que también vacía la lista, pero en silencio, y de a un nombre por vez.
Hay en este encargo algo que ningún expediente consigna, y conviene decírselo. Estos hombres no le piden que los arranque de la muerte: a esa ya la miran de cerca, y sin espanto. Le piden que no los dejen morir dos veces. Una, en el cuerpo, cuando le llegue la hora. Otra, antes, la tarde en que descubran que su suerte ya no le importa a nadie. Mientras quede quien los recuerde y los defienda, esa segunda muerte no llega. Para eso escribo. Y si usted no tomara el caso, lo tomaré yo sola, con su vida entera por toda jurisprudencia.
Quedo esperando su respuesta con una fe que este siglo no merece. Y si demora, como aquí demora todo, tenga la certeza de que insistiré. Con tinta, mientras quede. Y con carbón, si llegara a faltar.
Santiago de Chile, julio 2026.
Carla Fernández Montero
Abogada