CHILE ANTE LOS RELOJES
SINCRONIZADORES EXTERNOS
Ivan Witker, Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE – El Líbero,
Columnas, 02/02/2026
S i bien es cierto que la centralidad de la política exterior de nuestro país está dominada por EE. UU. (desde el punto de vista geopolítico) y China continental (en cuestiones económicas), conviene examinar el conjunto de pulsiones del cuadro externo o, al menos, una parte del mismo. Hay evidencias allí de la existencia de no pocas limitantes a los deseos domésticos.
La principal es la paulatina configuración de una geometría del poder global basada en tres grandes espacios civilizacionales, el estadounidense, el ruso y el chino.
Hay resistencia a un posible mundo donde la ventaja sea anticipar el movimiento de los grandes actores y replantear los términos, así como el decurso de las negociaciones, tal cual plantea Trump.
Junto a ella, hay evidencias respecto a su naturaleza “neo-westfaliana” (por las cumbres de Westfalia y de Osnabrück de 1648, que inspira la existencia de los estados modernos), como también respecto a la obsesión de cada uno de ellos por construir sus respectivas esferas de influencia. paradigma de los mercados) y a la creación de regímenes políticos muy distanciados de la moralidad kantiana. A partir de ahí se pueden desmenuzar algunas pulsiones relevantes. Instructiva es la situación de la OTAN.
Finalmente, hay evidencias de sobra que los tres están actuando a nivel global.
El resultado es un conjunto de pulsiones, generadoras de miedos atávicos, desorientación cardinal y búsqueda algo desesperada de posibles modos de adaptación.
La principal es, desde luego, la obligación que impone a los Estados y naciones de resolver algunas disyuntivas y dilemas nada menores. Esto afecta, tanto a países periféricos, como a algunos centrales.
La disyuntiva más gravitante es la que emana de la naturaleza de cada uno de estos polos civilizacionales. A diferencia de la Guerra Fría, ahora, los tres apuntan a moldear un orden tecnológico a nivel planetario, lo que está desatando una lucha despiadada por recursos (bastante alejado del paradigma de los mercados) y a la creación de regímenes políticos muy distanciados de la moralidad kantiana. A partir de ahí se pueden desmenuzar algunas pulsiones relevantes. Instructiva es la situación
La situación de Dinamarca es el ejemplo más fuerte y es casi de Perogrullo asumir que no será el último. Quedarse sin paraguas de defensa, como el que ofrecía el Pacto Noratlántico, no es algo fácil de resolver. Para efecto de las disquisiciones sobre los deseos domésticos, tal orfandad deja necesariamente en el aire algunos imperativos nacionales.
Luego, en materia de desorientaciones, se aprecia, especialmente en los países periféricos, la tentación a creer que los deseos domésticos se van desacoplando de los asuntos globales.
Es curiosa esta tentación. Olvida lecciones importantes de la Guerra Fría. Creer posible actuar en intersticios es una idea peregrina y parroquial, que, de paso, esconde un tipo de perversidad. Deja en el olvido algo tan prioritario como es el sentido básico de pertenencia. La historia enseña que los hegemones no suelen ser pusilánimes.
Ejemplos hay a raudales; llenos de penurias y rigores muy traumáticos. Ahí están Checoslovaquia en 1968 y su socialismo con rostro humano, o Hungría doce años antes.
En dirección parecida hubo casos dramáticos también en la periferia del mundo. Por lo general, asociados a líderes políticos renuentes a aceptar hegemonías. La lista de ejemplos en Asia, Africa y América Latina es larga.
Tanya Harmer es una de las más reconocidas estudiosas de lo ocurrido con Chile. ¿Quién determinaba el interés nacional de Chile entre 1970 1973?
Ciertamente, hubo excepciones. El caso de Finlandia es uno de ello. Las claves de su éxito fueron, tanto aplicar una neutralidad pasiva (o satelización inocua respecto a la URSS), como no haber perdido el sentido prioritario de pertenencia (en su caso, a Occidente).
Luego, en diversos ámbitos de países occidentales hay resistencia a este mundo emergente debido a la fuerte pérdida de certezas que produce.
Siempre hay un dejo de melancolía por los tiempos que se van.
Ahora ello se observa de manera diáfana entre quienes ya tuvieron una pérdida doble. Hay segmentos importantes de personas que, tras haber conocido las inclemencias de la Guerra Fría, lograron reinventarse y adaptarse a nuevas claves políticas y económicas.
Luego de la caída del Muro de Berlín, asumieron una certeza nueva, sostenida sobre una trayectoria discursiva compuesta por mercados conducidos por la libre competencia y por una democracia funcional. Con felicidad llegaron a hablar de “vastos consensos” en torno a tal discurso. Todo parecía irreversible… hasta la llegada de Trump.
Simultáneamente, ha aparecido el miedo a la llamada “desinstitucionalización”. Hay nostalgia por la tradición liberal asentada desde el fin de la Segunda Guerra. Hay resistencia a un posible mundo donde la ventaja sea anticipar el movimiento de los grandes actores y replantear los términos, así como el decurso de las negociaciones, tal cual plantea Trump.
Repulsa (algunos le dicen escepticismo) les causa la creación del “Consejo para la Paz”. Ese que el mandatario estadounidense anunció con el apoyo de 19 países y que posiblemente conduzca a la irrelevancia de la ONU.
Molestia adicional les ocasionó que uno de los primeros en aceptar la invitación a formar aquel grupo haya sido Putin. Estos observadores desprevenidos parecen olvidar la fuerte resistencia que generó en su momento la creación de la ONU (incluido Chile y Argentina).
No es casualidad entonces que Moscú y Pekín hayan sido quienes mejor entiendan las maniobras en curso. Una confrontación económica en clave “neowestfaliana”, donde el poder se usa como un recurso nacional.
Tal observación permite constatar dos cosas que suelen pasar inadvertidas o ser minimizadas. Por un lado, que el gobierno ruso de hoy cuenta con mucho más respaldo ciudadano que el observado durante toda la era soviética, por muchas críticas que se le hagan a Putin desde posiciones liberales. Lo real es que los rusos gozan hoy de márgenes de libertad impensados bajo Stalin o Brezhnev.
La elite rusa ha logrado concentrarse en la expansión del poder (un proceso descrito con detalle por Aleksandr Dugin en Geopolítica del mundo multipolar), mientras la nación entera se ha unificado en torno a un propósito evidente, ser una potencia tecnológica.
Un dato para nada marginal es que la carrera preferida por los jóvenes rusos es la ingeniería. El 25 % de los estudiantes de educación superior en Rusia estudia alguna ingeniería.
Por otro lado está China, ubicada ya lejos de los costos humanos y rigores del Gran Salto Adelante o de la Revolución Cultural. Sobre los fundamentos creados por Deng, Xi está llevando a su país a protagonizar el siglo 21, generando un propósito unificador nacionalista también en torno a la tecnología.
Bien revelador es el hecho que el número de estudiantes chinos de ingeniería (matriculados en todo el mundo) está entre los más más altos del mundo. Es ese hecho concreto lo que le permite estar en condiciones de enfrentar a EE. UU. por el liderazgo mundial.
Varios de estos temas fueron tratados en el reciente Foro Económico Mundial. Muy sugerente fue el planteamiento hecho por Elon Musk, quien busca detectar los “mensajeros” que conectan los trazos de obsolescencia y emergencia de estas transformaciones
Visto desde Chile, todo esto implica algo más apócales. Musk se apoya en la biología.
Un brazo no envejece más rápido que el otro, dice. Esto sugiere la existencia hipotética de vectores, que, al igual que las partes de un cuerpo, deben responder a algún tipo de reloj sincronizador. que la simple identificación de EE. UU. y China como asuntos prioritarios de la política exterior de cara a 2026. Y es que, sólo buscando los elementos en común entre Ucrania, Gaza, Groenlandia, Taiwan, Panamá, Venezuela, guerra arancelaria y otros, se podrán ir descubriendo aquellos “mensajeros” sugeridos por Musk
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