EL ALMIRANTE JOSÉ TORIBIO MERINO Y EL MES DEL MAR.
2 de mayo de 2026
Cada mayo, Chile vuelve su mirada hacia el océano Pacífico, escenario de sus mayores glorias y fuente de su porvenir. El Mes del Mar, instaurado oficialmente en 1974 por la Armada de Chile bajo el impulso de la Junta Militar de Gobierno, se convirtió en una conmemoración que trasciende la mera evocación histórica: es un llamado a la conciencia nacional, a la fidelidad con la propia geografía y a la proyección estratégica de un país que, con más de cuatro mil kilómetros de costa, no puede comprenderse sin su vocación marítima. El almirante José Toribio Merino, Comandante en Jefe de la Armada entre los años 1973 y 1990, en sus discursos inaugurales y en las sucesivas celebraciones de los años setenta, insistió en que Chile debía reconquistar su océano y asumir una política coherente con su naturaleza, recordando que “la clave del destino de Chile está en la conquista integral de ese mar que nos promete un futuro esplendor”.
La historia de Chile está íntimamente ligada al mar desde sus orígenes. Hernando de Magallanes, en 1520, abrió con audacia la vía austral que une los dos océanos más grandes del mundo, y Sebastián Elcano culminó la primera circunnavegación de la Tierra, vinculando las costas chilenas con la mayor hazaña marítima de la humanidad. Pedro de Valdivia comprendió desde el inicio la necesidad de expediciones marítimas para consolidar el territorio, alentando a Francisco de Ulloa y a otros exploradores a reconocer los archipiélagos australes. Más tarde, Bernardo O’Higgins, el Padre de la Patria, creó la primera Escuadra Nacional, comandada por Lord Cochrane, llevando la libertad al Perú y consolidando la independencia americana. Diego Portales, con visión genial, organizó la Marina Mercante y convirtió a Chile en potencia naval regional en el siglo XIX. Todos estos nombres y episodios fueron evocados por el Almirante Merino en sus discursos, como recordatorio de que la grandeza de Chile siempre estuvo ligada a su desarrollo marítimo.
El Mes del Mar se vincula directamente con la epopeya de Iquique, ocurrida el 21 de mayo de 1879 durante la Guerra del Pacífico. Arturo Prat Chacón, capitán de la corbeta Esmeralda, y sus hombres se inmolaron frente al monitor peruano Huáscar, en un acto que el Almirante Merino definió como “un holocausto consumado sobre el altar azul del océano”. No se trató de una victoria militar, sino de un sacrificio consciente y sereno, destinado a convertirse en ejemplo imperecedero de dignidad ciudadana y amor a la patria. La gesta de Iquique, junto con el triunfo de Carlos Condell en Punta Gruesa, simboliza la fidelidad y el deber, valores que debían inspirar a las nuevas generaciones. Por ello, mayo fue elegido como el mes de evocación y desafío, un tiempo en que Chile recuerda a sus héroes y proyecta su destino hacia el mar.
Los discursos del Almirante Merino entre 1974 y 1979 destacan la dimensión estratégica y económica del mar. La meta de alcanzar un millón de toneladas en la Marina Mercante fue cumplida en 1978, demostrando que la voluntad nacional podía traducirse en logros concretos. La actividad pesquera experimentó un notable incremento, multiplicando las exportaciones y generando divisas. Se exploraron nuevas zonas, incluyendo los mares antárticos, donde el krill fue señalado como una reserva proteica de valor incalculable para la alimentación futura. La industria de astilleros debía desarrollarse para garantizar independencia tecnológica y generar divisas mediante la reparación y construcción naval. La defensa de la soberanía sobre la Antártida y la extensión de las 200 millas marítimas, formulada por Gabriel González Videla y defendida por Chile junto a Perú y Ecuador, duplicó la superficie territorial y consolidó la condición oceánica del país. El Almirante Merino insistía en que el mar no era solo historia o camino, sino un cofre de recursos esenciales para la vida del hombre y para el bienestar de la nación.
Pero el Mes del Mar no se limitó a la economía y la estrategia. También fue concebido como un camino de cultura y juventud. En 1977, el Almirante Merino dedicó la celebración a los jóvenes, afirmando que “allí donde está el corazón de la juventud, allí está también el espíritu del porvenir”. El mar debía ser visto como fuente de inspiración, como espacio de expansión espiritual y cultural. Se promovieron actividades que reforzaban esa visión: la restauración de la casa natal de Arturo Prat en Ninhue, el encendido de la llama eterna en Valparaíso en 1978, la inauguración de la Avenida de los Héroes en Viña del Mar, y festivales náuticos como el realizado en la Laguna Carén en 1979. La Armada abrió sus buques a la ciudadanía, especialmente a la juventud, para mostrar la disciplina y la técnica de quienes velan por la soberanía. Universidades y colegios incorporaron conferencias y programas educativos sobre temas marítimos, buscando crear conciencia en forma clara y convincente.
El centenario del combate de Iquique, celebrado en 1979, consolidó el Mes del Mar como tradición nacional. El discurso del Almirante Merino a bordo del buque escuela Esmeralda en la rada de Iquique fue uno de los más emotivos. Allí habló de la fidelidad como mandato eterno: “La vida nos ha enseñado a sortear todo tipo de dificultades y cuanto más grande ha sido el peligro, con mayores bríos ha surgido el alma nacional”. Recordó que bajo esas aguas permanecía sumergida la vieja Esmeralda, “todo un templo que venerar, todo un símbolo que honrar, toda una senda que caminar”. La fidelidad al ejemplo de Prat y sus hombres debía inspirar la actividad institucional y la vida nacional, constituyendo un compromiso que ningún chileno podía eludir. La bandera que no se arrió en Iquique se convirtió en símbolo de perseverancia y esperanza, recordando que el triunfo depende más del temple moral que de la fuerza material.
El Mes del Mar, en consecuencia, es un espacio de evocación y desafío. Evocación, porque recuerda las gestas heroicas de Prat, Condell y tantos marinos que dieron su vida por la patria. Desafío, porque obliga a proyectar a Chile hacia el Pacífico, explotando sus recursos, defendiendo su soberanía y expandiendo su cultura. El Almirante Merino insistía en que el chileno debía dejar de vivir limitado por los valles y la cordillera, y derramar su mirada por el horizonte infinito del mar, donde su esfuerzo, su inteligencia y sus ideas abrirían rutas de entendimiento, de amistad y de comercio con las naciones más pobladas del mundo. El mar debía ser visto como la gran frontera de Chile, como el espacio donde se juega su destino de progreso y grandeza.
Hoy, a más de cincuenta años de la instauración del Mes del Mar, la celebración sigue siendo un recordatorio de que la identidad chilena no se agota en la cordillera ni en el valle central. El Pacífico es la vía de conexión con el mundo, el motor del comercio y la plataforma de la proyección internacional del país. Celebrarlo es reafirmar que Chile es, ante todo, una nación marítima. Los discursos del Almirante Merino, cargados de solemnidad y visión estratégica, siguen resonando como advertencia y como esperanza: advertencia de que la falta de una política definida hacia el mar puede significar retroceso y pérdida de soberanía; esperanza de que la fidelidad al ejemplo de Prat y la conciencia marítima pueden asegurar un futuro esplendor. El Mes del Mar es, en definitiva, un sacramento patrio, un tiempo en que Chile renace cada 21 de mayo, ensanchando su alma con el aura de gloria de los héroes de Iquique y proyectando su destino hacia el océano que lo baña.
FRANCISCO ROMERO | 02-05-2026
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