EL DOMINIO TERRESTRE: FACTOR DETERMINANTE EN LOS CONFLICTOS DE ALTA INTENSIDAD
Marcelo Masalleras, Jefe de Investigación en Seguridad y Defensa de AthenaLab,
26/05/2026
Hay planteamientos que, debido a su conveniencia, se reiteran hasta llegar a ser percibidos como verdades.
Uno de ellos sostiene que la tecnología ha transformado tan radicalmente la guerra que las grandes operaciones terrestres pertenecen al pasado; que los misiles y bombas de precisión, los drones y el ciberespacio han vuelto innecesario el control del terreno, y que la guerra del futuro se gana desde lejos, limpiamente, sin el costo brutal de desplegar soldados sobre el terreno.

Si bien es una idea altamente atractiva y convincente, en lo esencial es incorrecta.
La guerra moderna depende de muchos factores de la integración de distintos componentes, algo que los líderes han tenido a su disposición a través del tiempo. Sin embargo, también hay constantes que se mantienen inalterables.
Lo que está ocurriendo en Ucrania y en Oriente Medio no deja mucho espacio para la ambigüedad, dado que, cuando los objetivos son de gran relevancia política y se encuentra en juego la supervivencia de un Estado, el control de un territorio o la imposición de una voluntad sobre otra, la guerra vuelve a la tierra. Así ha sido a lo largo de la historia, y hoy no es una excepción, al menos por ahora.
Ilusión y realidad en la guerra de alta intensidad
La operación Tormenta del Desierto, de 1991, con su despliegue de precisión guiada y superioridad aérea abrumadora, pareció inaugurar una nueva era.
Kosovo, en 1999, sugirió su confirmación: bombardeos sin bajas propias, capitulación del adversario, victoria aparentemente quirúrgica. Libia, en 2011, fue otro acto de esa narrativa.
Lo que el entusiasmo tecnológico tendía a ignorar es que todos esos casos involucraron adversarios en condiciones muy específicas, con limitada capacidad de resistencia prolongada, sin una profundidad estratégica real y, en varios casos, con dinámicas políticas internas que ya habían debilitado su posición antes del primer misil.
Desde luego, es importante recordar que en 1991 se desplegó una fuerza terrestre demoledora sobre Irak y que sobre la exYugoslavia se cernía la amenaza concreta de una invasión terrestre.
Lawrence Freedman lleva décadas advirtiendo sobre esto: la guerra es un instrumento político, no un ejercicio de ingeniería. El enemigo no capitula porque su radar fue destruido; capitula cuando percibe que sus opciones políticas se han agotado y que el costo de continuar es superior al de aceptar la derrota. Y esa percepción, casi siempre, requiere algo más que solo una campaña aérea o un bloqueo marítimo.
Este análisis no busca desconocer o disminuir el rol de los dominios que complementan lo terrestre —naval, aéreo, espacial y cibernético—, sino ponerlos en perspectiva.
Por ejemplo, el poder aéreo posee una capacidad de degradación que ningún otro dominio iguala; puede destruir infraestructura, limitar la movilidad e interrumpir cadenas logísticas. Sin embargo, lo que no puede hacer por sí solo es controlar territorio, administrar población ni imponer un orden político nuevo.
Para eso se necesita a alguien en el terreno. Por otro lado, un bloqueo marítimo puede tener devastadoras consecuencias para la economía del adversario e, incluso, para la economía global…………………
Ver trabajo completo en: El dominio terrestre – Marcelo Masalleras AthenaLab 26 05
Un aporte del director de la revista UNOFAR, Antonio Varas Clavel
Las opiniones en esta sección, son de responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente el pensamiento de la unión de Oficiales en Retiro de la Defensa Nacional