La mañana del 22 de diciembre de 1849 hacía frío en el polígono Semiónovski. A Fiódor Dostoievski le vistieron la camisa blanca de losfusilados, quebraron sobre su cabeza un sable y le leyeron su propiamuerte. Era el sexto de la fila, ejecutaban de a tres, y alcanzó a calcular que le restaba menos de un minuto de vida cuando el indulto del zar llegó al campo, con los primeros condenados ya atados al poste. Aquella misma noche escribió a su hermano Mijaíl que la vida es un don, que la vida es dicha, y que cada instante pudo haber sido un siglo de felicidad.
Dos décadas más tarde vertió aquella agonía en una novela a la que dio, con deliberada ironía, el título de El idiota, que es el nombre que el mundo reserva a quien persiste en creer que un ser humano vale más que un trámite. En Chile, a quien lo cree, además se le notifica.
En sus páginas, el príncipe Myshkin refiere la historia de un condenado que recibió sobre el patíbulo cinco minutos de gracia y que los repartió con la minuciosidad de un avaro: dos destinó a despedirse de sus compañeros, otros dos a recogerse en sí mismo, y el restante a mirar el mundo que dejaba. Ningún hombre fue jamás tan rico, pues la escasez había devuelto a cada segundo su peso verdadero.
En Chile hay ancianos que practican esa misma aritmética, aunque invertida. Sometidos a un código dictado en 1906 —un rito escrito y secreto en el que un solo juez indaga, acusa y resuelve—, no cuentan segundos sino fojas: el sumario que nunca se cierra, la resolución que no llega, el recurso que dormita. Su cadalso carece de tabla y de verdugo, pues le bastan un timbre y un decreto; y a ellos ninguno les concede dos minutos para el adiós ni uno siquiera para la mirada postrera, porque es el expediente quien decide en su lugar cuándo, cómo y ante quién habrán de envejecer. Semejante administración de la agonía tiene un nombre que conviene pronunciar sin atenuantes: geriatricidio carcelario.
Ante la familia Epanchin sostiene Myshkin una idea que los legisladores prefieren no leer: que matar en virtud de una sentencia es más atroz que el crimen mismo, porque a la víctima de un asesino la acompaña la esperanza hasta el último respiro, mientras que al sentenciado se la arrancan de raíz, y sin esa rendija morir resulta diez veces más arduo. Chile se precia de haber abolido la pena capital, pero suprimió el pelotón sin suprimir la certidumbre. Para un procesado de ochenta y siete años, cada jornada de tramitación equivale a escuchar de nuevo una condena que ningún tribunal ha firmado y que el calendario, sin embargo, ejecuta con puntualidad inexorable. El Estado ya no dispara; le basta con esperar, y esperar, cuando el otro se está muriendo, es también una manera de empuñar un arma.
Sobre una puerta, en casa del sombrío Rogozhin, cuelga el Cristo muerto de Holbein, un cadáver tan vencido que el príncipe advierte que ante esa tela puede perderse la fe; Ippolit, el muchacho tísico a quien la medicina concede apenas un mes, ve en ella una máquina enorme, sorda e insensible, que atrapó, trituró y devoró a un ser inapreciable. Quien recorre los pabellones penales chilenos reconoce esa pintura sin haber viajado a Basilea, porque la ha visto en cuerpos de noventa años tendidos sobre catres de fierro, en sondas y pañales, en memorias deshechas que ya no distinguen a la abogada del hijo. Nada de ello prueba inocencia ni culpa —sus familias creen con firmeza en la injusticia cometida, y los tribunales dirán lo suyo—, pero hay una pérdida que ningún fallo podrá restituir: la confianza que se extingue cuando se comprueba que también una república sabe ser esa máquina.
Hay en la novela una bofetada que ningún lector olvida. Gania, humillado delante de todos, la descarga en la cara del príncipe, y Myshkin, en lugar de devolverla, retrocede y le dice apenas que se avergonzará mucho de lo que acaba de hacer. Dostoievski conocía la contabilidad del ultraje: el golpe gasta su fuerza en un segundo; la vergüenza dura lo que dure quien la merece. Y hay una cruz. Un soldado borracho vendió al príncipe, por veinte kopeks, una de estaño jurándole que era de plata, y Myshkin la compró conociendo el engaño, porque no quiso juzgar a quien vendía a su Cristo. Esa misma cruz es la que cambió con Rogozhin por la de oro; se llamaron hermanos, recibieron juntos la bendición de una madre, y esa noche, en la sombra de una escalera, relampaguearon dos ojos conocidos y se alzó el cuchillo. La herida más honda no la abre el enemigo declarado, sino la mano que uno bendijo.
Quien acompaña a estos ancianos ha aprendido esa página sin abrir el libro. Unas hojas confiadas al Estado, selladas y numeradas, rehicieron el camino hasta el escritorio de quien era su objeto y, por vías cuyo esclarecimiento corresponde a la justicia, asomaron en los patios, donde corrió antes el nombre de la firmante que el contenido de lo firmado. Aparecieron después las rúbricas: huellas dactilares de manos ancianas al pie de un escrito contra la abogada empeñada durante años en cruzar la reja para asistirlas, y a los jueces se les rogó que le prohibieran volver a nombrarlas. Nada se dirá aquí de esas manos ni del modo en que fueron guiadas, pues quien oprime no es siempre quien deja la huella. El tribunal no abrió siquiera la puerta; al día siguiente volvieron a golpearla. Rogozhin tampoco se detuvo en la escalera.
Baste una cifra por toda respuesta: la administración incapaz de resolver en décadas la suerte de un octogenario supo contar, con precisión de relojero y hasta el día de hoy, los pasos de su defensora ante la garita del recinto. Para lo primero faltan funcionarios; para lo segundo, sobran. Ippolit exige ser oído antes de morir, y lee su testamento al amanecer ante invitados que bostezan. Los procesados del régimen inquisitivo no alcanzan siquiera ese bostezo, pues el rito que los juzga no contempla mirarlos a la cara, concebido como fue en un tiempo en que mirar al acusado parecía innecesario. La novela concluye como concluyen ellos, con una vigilia a puertas cerradas, un cuerpo cubierto por la sábana, la punta de un pie asomando como mármol y una mosca que zumba en la penumbra, sin que nadie más acuda. Así se apagan, entre providencias, hombres cuya defensa litiga contra un adversario que no necesita vencer, porque le basta con demorar.
Myshkin propuso a Adelaida pintar el rostro del reo un minuto antes de la guillotina, pálido como el papel y sabiéndolo ya todo, y ella repuso que un semblante solo no alcanza para un cuadro. Se equivocaba. Ese lienzo es esta época y sigue en blanco porque no hay quien se atreva a poner su nombre al pie. Que lo firme el Estado, si le queda pulso; y si no le queda, que deje de cronometrar a quien lo denuncia y empiece a contar los días de quienes encierra. La cruz de estaño queda donde estaba, porque amparar a quien nada puede es deuda y no favor, y ninguna ingratitud la salda ni la torna renunciable.
Lo demás es cuestión de fechas. El geriatricidio carcelario tiene la suya de inicio, y es 1906; la de término la fijará un juez o la fijará la muerte, y hasta hoy la muerte lleva ventaja. En Semiónovski el indulto llegó a tiempo; en Chile también llega, siempre a la misma hora, la del certificado de defunción. Y a la República que mide los pasos de las abogadas y archiva a los ancianos sólo cabe decirle lo que el príncipe, con la mejilla ardiendo, dijo a quien acababa de golpearlo: oh, cómo se avergonzará usted de lo que ha hecho.