REBAJAR AL VENCIDO NO ENALTECE AL VENCEDOR

Humberto Julio Reyes
En estos días en que Chile conmemora un nuevo aniversario de dos acciones gloriosas de su ejército, he leído artículos de diversa índole referidos al combate de La Concepción, tanto de autores nacionales como de peruanos, estos últimos sólo en Facebook, y que me han motivado a escribir estas líneas.
No reproduciré lo que expresan basándose en diversos testimonios de la época que llaman la atención por no coincidir en sus juicios e incluso contradecirse, pero, resumiendo, todos niegan que nuestros soldados hayan combatido hasta el final.
Ello me ha llevado a recordar cuando, hace años, leí las memorias del General Andrés Avelino Cáceres quien, no habiendo sido testigo presencial del combate, afirmaba que los chilenos intentaron rendirse pero que la población, exasperada por sus excesos, los exterminó.
Como esta versión contradice lo que nuestros historiadores y novelistas han narrado sobre la base de los testimonios recogidos después del combate, todos de habitantes de La Concepción que lo presenciaron, llego a la conclusión que al describir esta acción de guerra como una simple matanza de quienes no se habrían defendido con valor, no es mucha la gloria que podría reclamarse en términos de una victoria militar.
No debe extrañar cuando, en las mismas memorias, al referirse a su derrota en Huamachuco, justo un año después, el General Cáceres tampoco explica cómo fue vencido, no por los números, sino por un adversario que combatió decididamente y que lo superó, cometiendo, quizás, menos errores.
En ambas acciones de guerra, aunque la más decisiva se ve opacada por el sacrificio que la precedió, nuestras fuerzas estuvieron en inferioridad de número circunstancia habitual en la llamada Campaña de la Sierra, como también fue el caso de la victoriosa defensa de Sangra.
¿Habrá merito en derrotar a un adversario que se comporta cobardemente?
Sin embargo, ocurre a veces que, para realzar un triunfo indeciso o dudoso por sus reales efectos en el resultado final de un conflicto, se recurre a rebajar al adversario, tal como también existen versiones que niegan el heroísmo de Prat o la habilidad de Condell.
Destaco, por el contrario, el ejemplo de un episodio poco conocido de una lejana guerra colonial, acaecido justamente en los mismos años de la Guerra del Pacífico.
Me refiero a la muerte del príncipe imperial de Francia, Luis Eugenio Bonaparte, el hijo de Napoleón III quien, como teniente de artillería, egresado de la academia militar británica de Woolwich, fue autorizado para asistir, en calidad de observador, a las operaciones que se desarrollaban para someter a los zulúes.
El 1° de junio de 1879, sorprendido el príncipe durante un descanso junto a su escolta, quedó solo enfrentando a una partida de zulúes, perdiendo la vida.
Puede suponer el paciente lector que las implicancias políticas de este triste episodio motivaron una exhaustiva investigación ya que no bastaba atribuir la responsabilidad de lo sucedido solamente al carácter impulsivo de la víctima.
Así se buscaron testimonios de eventuales testigos, además de los integrantes de la escolta que aparecían faltando a su deber, llegando a uno de los atacantes de nombre Langalibalele, quien declaró: “el príncipe luchó valientemente y con gran coraje, como hacían los leones cuando estaban heridos” ( Carlos Roca: el último Napoleón).
Qué mayor tributo en tan sencilla frase de parte de alguien que exhibía justificado orgullo en haber dado muerte a un guerrero que se defendió como un león y no como un cobarde o indefenso invasor.
De ahí el título de esta columna.No es rebajando a nuestros héroes el camino a reclamar gloria.
10 de julio de 2026